Así nos Vemos
EDGAR PRZ
Hace algunos años este lugar que era el más recóndito de la selva reunió a una constelación de personajes, gentes peculiares, con sello y características propias, con historias personales interesantes, que no sólo formaron familias sino dejaron huella de su estancia, de sus cotidianeidades y con esas particularidades hicieron un lugar mágico para vivir.
Corrían los años muy rápido, eran pasaditos los sesentas y aquel Chan Santa Cruz, era un pueblito dinámico, trabajador, los oficios eran reconocidos, todos sabían quién era el policía, el albañil, el leñador, el carpintero, la cocinera, el panadero, el comerciante, todos tenían una función durante el día y por las tardes noches el punto de reunión era el Parque, se tomaban un refresco o un agua natural o el original machacado de plátano con don Pedro Sosa, usaba un tronquito de madera para aplastar la fruta, llevaba leche rainbow, nestlé y lo coronaba con canela molida, o preferias un helado clásico de coco en barquilla normal o dulce, de don Cupertino Sosa, don Cuba, abuelitos y papá de Alvarito y Liz quienes alquilaban los cuentos de Kalimán, Rarotonga, Memin Pinguin, era un desfile de chamacos en la renta de las revistas, como eran series de continuación semanal, acudíamos a la terminal de autobuses los domingos a esperar que llegue el paquete de revistas y poderlas leer de primero, calientitas.
Era una alegoría el pueblo. A un lado de su negocio, vivía un tal Boxo, un emprendedor que ponía chucherías en el suelo y les ponía número, comprabas un boleto y el número que salía era el premio que llevabas. Mi hermano Tato cada domingo jugaba y perdía, su ilusión era sacarse un perfume que estaba en su cajita, sólo que mucho después en un descuido de Boxo, checamos la caja vacía y sin número, un tremendo fraude. Tato se desilusionó. Años atrás los adultos compraban algún cigarro, chicles o simplemente acudían a platicar al puesto de don Medardo Pérez (Mi Padre), se ubicaba en una esquina del parque, era quien le ponía sabor al ambiente con una bocina que inundaba de música al parque.

La vida giraba en ese sentido. Esa cotidianeidad fue forjando una costumbre que tuvo vigencia muchos años. Luego el área central se fue llenando, construyeron un Cinema para diversión y beneplácito de la gente. Pasaban muchas películas vaqueras y en ocasiones “eróticas”, de adultos clasificación triple X, chocolomo puro de esa época. Las Poquianchis, Apando, Bellas de Noche, las Ficheras. Hubo una película en especial que me marcó “Los Cañones de Navarone”, con Gregory Peck y Anthony Quinn.
La trama se basaba en una novela escrita con tema de la Segunda Guerra Mundial, en donde las fuerzas alemanas tenían dos cañones gigantescos en la Isla de Navarone, cerrando el paso al mar e impidiendo el rescate de dos mil soldados británicos. Toda una epopeya, un rescate digno de una cinta cinematográfica. De vez en cuando llegaban algunas películas buenas, ilustrativas, aunque no eran muy taquilleras ya que a la gente les gustaban mucho las de balazos, de los hermanos Almada, Rodolfo de Anda, Antonio Aguilar con los corridos, las carreras de caballos y la frustración con el célebre Moro de Cumpas.
En esas noches de luna conocimos la anatomía femenina, las enseñanzas de Isela Vega, la sensualidad de Meche Carreño, el erotismo de Irma Serrano, la belleza de Alicia Bonet, la inocencia de Leticia Perdigón, ya después se sumó la exuberancia de las vedettes Wanda Seux, Thelma Tixou, Zulma Faiad, Irma Serrano quien lucía al natural en Naná (la Venus de Fuego), Sasha Montenegro, Rossy Mendoza, mejor me detendré para no seguir preocupando a los amigos, hasta que se degradó con Lyn May, tiempos aquellos diría mi Padre..
En el cinema antes y durante la función para ganar un dinerito, me ocupaba en vender refrescos, en ocasiones guardaba algunas sillas cuando eran películas taquilleras y se las ofrecía a los novios que estaban de pie, para que la Dulcinea se siente, mi víctima era Rolando Buenfil con Ligia Pech. Eran películas que duraban poco más de dos horas, no porque fueran muy largas sino que a cada rato se quemaba el rollo y los gritos de ¡Cácaro! despertaban a los técnicos proyectistas Víctor Herrera Pacho, Edilberto Sosa, Gerardo Prado y Manolo Prado, de inmediato se prendían las luces y las parejitas se soltaban, se daban un tiempo para jalar aire. En ocasiones los muchachos que no tenían dinero para entrar al cine, se subían hasta las ventanas y desde esos sitios disfrutaban de la función.
En esos tiempos Javier Prado recuerda que los Novelo tenían el control de los medios de comunicación, don Mariano era Telegrafista, su hermano Crisanto era el cartero y la sobrina de ambos Dalia era la encargada de la caseta telefónica que funcionaba en la Terminal de Autobuses de don Luis Serrano.
Era lo fascinante del pueblo, lo mágico que envolvía toda la mancha urbana. No había mucha envidia, celos, todo se solucionaba con diálogo, conversando, en ocasiones llegaban a los golpes. Recuerdo a uno que se marchó invicto, su récord quedó en 40 combates, 39 derrotas y un empate por descontón. Pegó y corrió. Son fábulas pueblerinas que eran del dominio público y todos sonreían al platicarlo.
Seguiremos publicando historias a lo mejor en versión de Cuentos Cortos.
Por hoy sólo me resta decir que “Soy uno de los diez hijos de aquel comerciante de Carrillo Puerto”.

La Ixtup
Hoy celebro la vida de mi nieta Gala, hoy cumple su mayoría de edad y le agradezco al Creador haberla depositado con nosotros, con la familia. Se le puso Gala como un homenaje al genio Salvador Dalí. Muchas Felicidades y que tengas una vida plena, disfrútala e intenta ser “mejor cada día”.

Mejor seguiré caminando y cantando “Bonita como aquellos juguetes que yo tuve en mis días infantiles de ayer. Bonita como el beso robado, como el llanto llorado por un hondo placer”…














