AMAURY JIMÉNEZ
La historia del tabaco en Cuba es mucho más antigua que la llegada de los españoles. Cuando Cristóbal Colón conocio la isla en 1492, los pueblos indígenas originarios ya lo cultivaban y consumían fumandolo cómo se conoce en la actualidad y en remedios medicinales.
Los españoles quedaron sorprendidos al ver aquella práctica y experimentaron el cultivo y consumo en Europa, generando un aumento de la producción y desarrollo en la tierra caribeña.
Así fue como durante los siglos XVII y XVIII, el cultivo del tabaco comenzó a expandirse por la alta demanda. Las tierras del occidente de la isla, en la actual provincia de Pinar del Rio y en especial en la región de Vuelta Abajo, demostraron tener condiciones excepcionales de suelo, clima y humedad, lo que la avala hasta nuestros días como el lugar donde se produce el mejor tabaco del mundo.

En 1717, la Corona española estableció el llamado Estanco del Tabaco, un monopolio que obligaba a los productores cubanos a vender toda su cosecha al Reino. Esta medida provocó protestas y levantamientos de los vegueros (cultivadores), conocidos como las «Revueltas de los Vegueros», uno de los primeros movimientos de rebeldía y resistencia en Cuba.
Durante el siglo XIX, la industria tabacalera alcanzó un enorme crecimiento. Surgieron prestigiosas fábricas en La Habana y los puros cubanos comenzaron a exportarse a todo el mundo con garantías únicas en su calidad.
Marcas como Cohiba, Montecristo, Partagás y Romeo y Julieta entre otras, gozan de gran prestigio entre los aficionados a los puros premium.
La producción continúa siendo, en gran medida, artesanal. Cada habano pasa por un cuidadoso proceso que incluye,
cultivo y selección de las hojas, curado en casas de secado, fermentación para desarrollar aroma y sabor, clasificación por tamaño y calidad entre muchas otras.













