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El desafío de un gran país y su nueva sociedad

AMAURY JIMÉNEZ

Analizar la situación cubana es más complejo que entender los terremotos, deslaves, malos pagos de los patrones en el mundo a sus trabajadores, desalojos y despidos.

Generación tras generación ha disfrutado, creído y sufrido un pedazo de la revolución cubana. La paradoja en el pensamiento se da cuando crees en algo y no sucede, y sigues creyendo en que sucederá.

«La utopía» malsana desvirtuada por los humoristas «horizontales» es muy distinta a la utopía de los que, a pesar de sufrir muchas penurias por corruptos y «mal habidos» dirigentes de base y centro, creen que un mundo mejor es posible sin un cambio real, no de concepto sino de acción y están supeditados una vez más a otro esfuerzo sobrehumano.

Vivir en una sociedad devastada por la guerra mediática, la separación familiar, la burla de los despiadados y el desorden total por causas externas e internas, es el gran desafío de un país que sigue hoy defendiendo un espacio diferente, donde la patria se utiliza como estandarte político, sin saber en ocasiones la profundidad de su significado y simbolismo real.

Los nuevos tramitadores de imagen en el uso de la tecnología digital presentan a Cuba como aquella Isla próspera, llena de cosas lindas y nuevas para el mundo en el lustro de los ’50. Coches, mercados, teléfono, ferrocarril, luz eléctrica avanzada en su sistema, casinos, hoteles, prostitutas, pobres al límite, desolación en los campos y parte de las ciudades por la trata del individuo, analfabetismo, mala salud pública y escasa educación.

Sucede que eso se erradica en Cuba hace casi 70 años, siendo uno de los primeros países si no el único en su especie tercermundista, en lograrlo. El discurso que enarbola los logros siguió y siguió en tanto y en cuanto el resto del mundo alcanzaba estos estándares sociales, aún sin llegar entonces a los índices cubanos. Esto implicó que la generación que seguía no nacía con un logro, nacía con un derecho usado como carta de presentación, cuando realmente había que atender otras esferas superiores a lo conseguido.

En los inicios de la nueva sociedad cubana, se genera una idea de resurrección que no era comunista, socialista ni proletaria. Era humana en su origen y aún conserva su esencia, a pesar de los tintes que se le da.

El diferendo ideológico entre los EEUU y la URSS obligó a tomar un camino fuera de contexto y continente, y ahí surgió el perfecto dilema entre el que se creía el padre de la criatura y un nuevo hombre que si bien fue creciendo con una independencia de antaño, sufrió en el camino el gran azote de los reales intereses de los más fuertes de un bando y de otro. Surgió un modelo distinto, algo nunca visto en la historia de las Relaciones Internacionales, un pueblo con ganas de ser diferente a lo que fue y hoy, aunque lo sigue pretendiendo, está muy cerca de ser lo que era.

¿Cómo es posible no haber podido ganar la batalla de siempre?, deberíamos preguntar. La respuesta más sencilla y real sería mencionar al innombrable en este escrito, «el bloqueo».

El bloqueo es cierto, real, contundente, degeneradamente eficaz, con políticas imperiales sobre el modelo más justo, genuino y generoso que ha existido, según los analistas y estudiosos de proyectos sociales. Modelo que sería una afrenta al propósito real de un mundo construido para avasallar al ser humano, como se lee, observa, sufre y siente cada día este planeta.

El gran error no es externo, es nuestro, al no haber sido capaces de poner pausa a un supuesto acuerdo común que sólo fue ante un voto y que más que generar progreso, generó retroceso. Ahora tenemos que plegar intereses patrios a quienes ni siquiera se consideran participes de un proyecto nacional real, jugando estos actores con la necesidad de un pueblo desvalido, que contrasta con las políticas socialistas que evitaron siempre la acumulación de riquezas y la influencia comunitaria, desde donde se promueven desequilibrios muy desalentadores para una sociedad.

Con la división que existe entre los cubanos todos, alcanzar un consenso es una quimera, sólo los que enarbolan el poder pudieran ser capaces de lograr un acuerdo «naciointernacional», buscar un equilibrio de intereses nativo, generar un espacio que dé paso a limar odios y desencuentros.

Todos dicen en Cuba: ¿quién no tiene un familiar fuera? Deberíamos decir: ¿quién no tiene un familiar en Cuba?

Y es que, ¿quién que se haya ido de Cuba, dejó de ser cubano?