La Habana, Cuba.- Hace apenas dos días, en Washington DC, el gobierno de Costa Rica, a través de su canciller Manuel Tovar Rivera, anunciaba la ruptura total de las relaciones con La Habana. El hecho se da como una consecutividad de acciones iniciadas en el pasado mes de marzo, cuando San José informó el cierre de su Embajada en la Isla y la necesidad implícita de que los diplomáticos salieran del país, dejando solamente un personal eminentemente consular.
No sorprende la noticia en el seguimiento de las posturas de países «aliados» a la política estadounidense contra Cuba, los 15 recientemente bautizados como el «Escudo de América», cuyo supuesto objeto público es combatir los carteles de drogas en alianza militar conjunta, donde se incluye el gobierno de Laura Fernández Delgado.
La historia reciente habría dado un giro favorable a la paz y al entendimiento, cuando en marzo de 2009 el entonces presidente tico, Óscar Arias Sánchez, anunciara, casi conjuntamente con El Salvador, el restablecimiento de relaciones plenas entre gobiernos, dando paso a acuerdos de cooperación, excepción de visados a funcionarios de gobierno y cooperación en espacios cientifico-técnicos, deportivos, culturales, políticos, entre muchos más. Estas relaciones estuvieron interruptas desde 1962, tras la expulsión de Cuba de la OEA.
Si hay un vínculo histórico, familiar, real entre dos países, podríamos arriesgarnos a decir que esos son Cuba y Costa Rica. Desde la presencia en el siglo XIX de personalidades militares en calidad de desterrados, como los generales Antonio Maceo, Flor Crombet y José Maceo, para mencionar algunos, y más de 100 mambises, que no sólo dejaron un legado de historia y economía; sino que fundaron familias que hoy aún se vinculan con ambas tierras.
El paso de José Martí en varias ocasiones por Costa Rica, la expedición que desembarca a los Maceo y a 20 hombres, liderada por Flor Crombet en la playa de Duaba, Baracoa, el 1 de abril de 1895, iniciaron una nueva etapa de la guerra de independencia cubana y dan una idea del arraigo y del vínculo binacional.
El propio Canciller Tovar en entrevista reciente a TV Martí, donde anunciaba la ruptura, reconocía del apoyo tico a la lucha de la revolución más reciente. Al respecto se conoce de las diversas ayudas en financiamiento, armas, medicinas y otros recursos a la guerra de guerrillas liderada por Fidel Castro en la década de los 50.
Con estas breves pinceladas históricas, queda claro el vínculo de familia, respeto y amor entre ambos pueblos. Lo que no apreciamos con claridad es la real postura costarricense frente a un escenario mundial que devora a los débiles de ideología y patriotismo.
Costa Rica se autodenomina un país de paz, es el único en el continente, junto a Panamá, que no tiene ejército, abolido el 1 de diciembre de 1948. Es difícil entender cómo un país que aboga por la paz, que defiende los valores humanos y sus derechos en plataformas internacionales, sea hoy uno de los avanzados en una política hostil contra Cuba, liderada por los EEUU, que en su historia acumula el mayor índice de atentar contra la humanidad toda.
El que se autotitula «el bueno» debe defender el derecho a que un país pueda adquirir recursos en condiciones iguales al resto, debe luchar por el derecho a que los niños tengan acceso a medicamentos y a tecnologías que le puedan salvar la vida. El «bueno» debe hacer tribuna contra la injusticia y las violaciones del Derecho Internacional, debe denunciar los bombardeos de donde provengan y hacia donde vayan, debe exigir su derecho a ser escuchado, y si es medio amigo del «malo», a lo mejor con su deseo y ejemplo por la paz, hubiese sido capaz de mediar y resolver.
Sin embargo, la postura de Costa Rica es de deslinde y de agresión a Cuba, país devastado por la acción imperial por más de seis décadas. Quedamos entonces, que el país que para muchos ha sido un ejemplo a seguir, ha cambiado su casaca, o definitivamente mostró la que siempre usó.
















